Por Cristhian Sánchez
En las comunidades de la parte norte de la provincia San Juan se vive una realidad que merece ser escuchada con seriedad. Familias que durante generaciones han dependido de la agricultura sienten que cada día resulta más difícil producir, vender y obtener de la tierra los ingresos necesarios para sostener sus hogares.
La agricultura continúa siendo una de las principales fuentes de sustento de estas comunidades, pero los problemas son numerosos: falta de agua en determinados períodos, altos costos de producción, dificultades para comercializar los productos y poca diversificación de las fuentes de empleo.
El problema no es solamente producir. Es producir y no tener la seguridad de que el esfuerzo realizado durante meses permitirá recuperar la inversión y llevar comida a la mesa.
San Juan ha tenido históricamente una fuerte dependencia de la actividad agropecuaria. El propio Gobierno ha reconocido la necesidad de transformar la matriz productiva de la provincia, diversificar los cultivos, mejorar los sistemas de riego y generar actividades que aporten mayor valor agregado.
En 2026 se han anunciado nuevas iniciativas dentro del Plan San Juan, incluyendo estudios para modernizar sistemas de riego y programas orientados a fortalecer el sistema agroalimentario.
Sin embargo, para muchas familias de las zonas montañosas y rurales, la pregunta continúa siendo la misma: ¿cómo sobrevivimos mientras llegan esas soluciones?
Ahí comienza el verdadero dilema.
Entre la agricultura y la necesidad
Cuando una familia no encuentra empleo estable, cuando la agricultura deja pocas ganancias y cuando las oportunidades para los jóvenes son escasas, la necesidad comienza a modificar las posiciones de las personas.
Por eso, una parte de los comunitarios ha comenzado a mirar hacia la minería como una posible fuente de empleos e ingresos.
No necesariamente porque hayan abandonado sus preocupaciones ambientales, sino porque existe una realidad económica que tampoco puede ser ignorada: la necesidad de llevar el sustento a sus familias.
Alrededor del Proyecto Romero se ha generado precisamente ese debate. Mientras sectores de la provincia han expresado preocupación por la protección del agua, la agricultura y los ecosistemas, otros comunitarios han señalado la falta de oportunidades económicas y han visto en la actividad minera una posibilidad de empleo y desarrollo.
Un estudio presentado por GoldQuest estimó que el proyecto podría generar empleos directos, indirectos e inducidos; esas cifras corresponden a proyecciones de la empresa y no constituyen empleos actualmente existentes.
Pero también hay que dejar claro que, en mayo de 2026, el presidente Luis Abinader ordenó detener cualquier actividad relacionada con el proyecto Romero. El Ministerio de Medio Ambiente había señalado previamente que el proyecto no tenía autorización de explotación y que se encontraba en una fase de evaluación ambiental.
¿Por qué una comunidad llega a considerar la minería?
Esta pregunta merece ser hecha sin prejuicios.
Cuando una persona tiene una finca que ya no produce como antes, cuando no existen suficientes empleos alternativos y cuando los jóvenes tienen que salir de sus comunidades para buscar oportunidades, cualquier propuesta que prometa ingresos puede convertirse en una alternativa atractiva.
Ese es el punto que muchas veces se pierde en la discusión.
No se trata únicamente de hablar de minería sí o minería no. También hay que preguntarse:
¿Qué otras opciones se les están ofreciendo a esas familias?
Si se quiere que las comunidades apuesten exclusivamente por la agricultura, entonces hay que crear las condiciones para que la agricultura sea rentable.
Eso significa agua para producir, caminos en condiciones, asistencia técnica, acceso al crédito, tecnología, mercados seguros, almacenamiento, transformación de productos y mejores canales de comercialización.
También significa crear pequeñas industrias agropecuarias capaces de convertir la producción del campo en empleos dentro de las propias comunidades.
No se puede pedir paciencia indefinidamente
Durante años se ha hablado de transformar la economía de San Juan.
El Plan San Juan contempla precisamente objetivos como mejorar la productividad, modernizar el riego, incorporar nuevos cultivos y fortalecer las cadenas de valor.
Pero las comunidades necesitan ver resultados concretos.
El agricultor necesita saber que tendrá agua.
El productor necesita saber dónde venderá.
El joven necesita saber dónde conseguirá un empleo.
La familia necesita saber cómo podrá permanecer en su comunidad sin verse obligada a emigrar.
Porque cuando las oportunidades no aparecen, la desesperación aumenta.
Y cuando aumenta la desesperación, las comunidades comienzan a considerar alternativas que en otras circunstancias quizás no considerarían.
El verdadero desafío
El gran desafío para San Juan no debería reducirse a escoger entre agricultura o minería.
El verdadero desafío consiste en construir una economía donde una familia pueda vivir dignamente de la agricultura, donde existan empleos fuera del campo y donde los jóvenes tengan razones para quedarse.
Si algún proyecto de inversión pretende desarrollarse en la provincia, debe ser sometido a las evaluaciones legales, ambientales y sociales correspondientes. Y si la sociedad decide que una determinada actividad no debe realizarse, también debe existir un plan económico serio que sustituya las oportunidades que las comunidades esperaban encontrar.
Porque decirle a una familia que no puede vivir de una actividad sin ofrecerle una alternativa real tampoco resuelve el problema.
Las comunidades del norte de San Juan no deberían tener que elegir entre proteger sus recursos naturales y conseguir el sustento de sus familias.
Necesitan desarrollo.
Necesitan inversión.
Necesitan empleos.
Necesitan una agricultura rentable.
Y, sobre todo, necesitan que las políticas públicas lleguen hasta las comunidades donde la gente vive y trabaja.
La discusión sobre el futuro de San Juan debe dejar de ser solamente una confrontación entre quienes están a favor o en contra de un proyecto.
Debe convertirse en una conversación mucho más profunda:
¿Qué vamos a hacer para que una familia de la zona norte de San Juan pueda vivir dignamente sin tener que sentirse entre la espada y la pared?
