Por años, hablar de sequía y cambio climático parecía referirse a un problema del futuro. Hoy, para muchos productores dominicanos, es una realidad que se siente en la tierra, en los cultivos y en el bolsillo.
La falta de lluvias durante períodos prolongados ha comenzado a presionar al sector agropecuario. Productores de distintos puntos del país han reportado pérdidas en cultivos, reducción de los rendimientos y dificultades para garantizar el agua necesaria para mantener la producción.
El problema no termina en el campo. Cuando una cosecha se pierde o produce menos, toda la sociedad puede sentir sus consecuencias. El agricultor pierde parte de su inversión, el comerciante recibe menos productos y las familias pueden terminar pagando más por algunos alimentos.
En comunidades rurales como las del sur del país, donde muchas familias dependen directa o indirectamente de la agricultura, el agua representa mucho más que un recurso natural: significa trabajo, alimentación y estabilidad económica.
Las autoridades han reconocido la presión que existe sobre los recursos hídricos y han mantenido vigilancia sobre los principales embalses del país, debido a las proyecciones de déficit de lluvias. También se han impulsado programas de tecnificación del riego para utilizar el agua de manera más eficiente.
Pero el desafío va más allá de esperar que vuelva a llover.
El campo dominicano necesita planificación, sistemas de riego eficientes, protección de las fuentes de agua, asistencia técnica y mayor preparación para enfrentar períodos de sequía. También necesita que la sociedad comprenda que cuidar el agua no es una responsabilidad exclusiva del agricultor ni del Gobierno: es una tarea de todos.
Porque cuando falta el agua, no solamente se seca una planta.
Se pone en riesgo el esfuerzo de una familia, la producción de una comunidad y parte de la comida que llega cada día a nuestra mesa.
El agua no es un tema del futuro. Es una necesidad del presente.
